El valor sentimental de los objetos

La proyección de recuerdos sobre objetos, hace de ellos objetos de valor sentimental. Es un lugar común el de los recuerdos de viajes, objetos heredados de personas muy queridas, recuerdos de conciertos especiales, objetos que nos transportan a la infancia… 

Cuanto más mayores nos hacemos, más vamos llenando nuestros espacios de todos esos recuerdos, que desde la estanterías, parecen explicar como si de un diario silencioso se tratase, nuestras propias vidas y las de nuestros seres más queridos. Años y años de acumulación que pasa de generación en generación, y que conservamos como mapas de nuestros propios destinos en nuestros pequeños apartamentos. 

Muchos de estos objetos acaban en guardamuebles que pagamos mensualmente, aumentando el valor de los mismos de forma irreal y en cierto modo absurda. Lo hacemos por el miedo a dejar ir. Sentimos que al venderlos, donarlos o tirarlos, estamos haciendo lo mismo con la identidad emocional de nuestras vidas. Los almacenamos entonces y así ponemos una tirita sobre nuestra herida, pensando que si en algún momento lo queremos, podremos acceder a ellos. Nos sentimos a salvo rodeados de todos esos objetos que nos definen. 

A veces, seguramente por tener una madre que cumple ese patrón a rajatabla, pienso el las cosas que quedarán de mí cuando ya no esté. Es una idea a la que estoy muy acostumbrada ya que durante años, he sido buscadora de tesoros en rastrillos y rastros, o lo que es lo mismo, en objetos de las vidas de otras personas completamente desconocidas. Construía a partir del pasado de otras y otros un presente para mí. Pero ¿Serán nuestros objetos lo único que quede de nosotras y nosotros cuando ya no estemos? 

Si nuestras madres y nuestros padres, tirasen nuestros trabajos manuales del colegio o nuestras notas ¿Desaparecería nuestra infancia? 

Al guardar esos objetos de valor sentimental ¿No estaremos quizás intentando agarrar un pedacito de la vida de esas personas? 

Si entendemos bien los beneficios de poseer pocas cosas, quizás podamos entender que sentirnos cerca de los seres queridos a través de los objetos, es un ejercicio fútil. 

Nosotras y nosotros somos mucho más que nuestras posesiones, los recuerdos no viven en los objetos, los proyectamos en ellos, pero en realidad, se encuentran dentro de nosotras y nosotros. El precio que pagamos por las acumulaciones es alto, nos resta movilidad, nos resta orden y limpieza de espacios en nuestro interior. Los objetos pueden llegar a atraparnos. Existen personas que seguramente necesiten esos objetos mucho más que nosotros y que les pueden dar una segunda vida. 

De ninguna manera queremos decir que los objetos de valor sentimental sean malos, pero si quieres deshacerte de algo y no lo haces sencillamente por su valor sentimental, quizás ha llegado el momento de darle una vuelta a esa idea. 

Por mi propia experiencia puedo decir que librarte de objetos te libera de cargas que son mucho más sutiles de lo que podemos llegar a imaginar. 

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