Vivir día a día para no volver atrás

Ya lo hemos comentado varias veces por aquí, el consumo responsable debe recomendar pautas que ayuden a las personas a emprender un cambio hacia sistemas más conscientes, pero estas pautas, no deben ser entendidas por nadie como un método que seguir a rajatabla. La sostenibilidad debe empezar por nosotras y nosotros mismos. Cualquier pauta, cualquier sistema debe estar adaptada a nuestras capacidades, a nuestro estilo de vida, al momento en el que vivimos. Por eso creemos que la mejor herramienta para luchar contra la crisis climática desde nuestro consumo es tratarnos como si fuésemos nuestro mejor amigo. No forzarnos, no querer abarcarlo todo de golpe. Ir paso a paso, sin culparnos por lo que no hemos conseguido integrar y celebrando nuestros pequeños logros, que de pequeños en realidad, no tienen nada. 

 Tendemos a marcarnos metas a medio o a largo plazo, siguiendo la hoja de ruta de un sistema que nos empuja a querer llegar cada vez más y más lejos, a abarcar lo que no podemos abarcar. En esa carrera contra reloj, comenzamos a pasar por alto las pequeñas cosas que nos rodean y que le dan sentido a nuestras vidas y es así precisamente, como el sistema nos aleja, poco a poco también, de la idea de que todas y todos estamos incluídos en la definición de naturaleza. 

Al escribir nuestros propósitos de año nuevo, sabemos que tenemos un año entero para llevarlos a cabo, pensando que somos dueños y dueñas de nuestros propios destinos. Olvidamos la escala de nuestra existencia. Hemos asumido que somos absolutamente significantes en el planeta. Olvidamos que lo inesperado forma parte de nuestro destino. Olvidamos también, que es en lo inesperado dónde evolucionamos. 

Y es precisamente gracias a lo que no depende de nosotras y nosotros que nuestra vida es más vibrante. Aunque no queramos pasar por ello, aunque pensemos que ha llegado en un mal momento. Somos conscientes de que en todo existe en grados y que a menudo las situaciones que escapan a nuestro control, nos sobrepasan.  Nuestras cabezas se llenan de información y las emociones se desbordan. A todas y todos nos resuena esta sensación ¿verdad? 

Incluso en situaciones extremas, entendemos, que no podemos afrontarlo todo de golpe. Cuando una situación nos supera no hay mejor refugio que la idea de resolver las cosas paso a paso, día a día. 

Lamentablemente en estas vidas agendadas que llevamos, sentimos que nos falta el tiempo para cumplir todas las metas de las que hablábamos al principio. Nos hemos olvidado de darnos tiempo para respirar, para tomar impulso. Parar es algo impensable en la carrera hacia el todo y la paciencia es un recuerdo del pasado. 

Curiosamente es en la distancia de la quietud dónde solemos mejorar nuestros resultados y aún así, elegimos la asfixia. 

Durante el confinamiento necesario en esta crisis nos vemos obligadas y obligados a bajar nuestras pulsaciones. A vivir día a día. Encerrados en casa, debemos rendirnos a la falta de control sobre nuestro presente y abrazar un futuro incierto. La escala de las cosas por las que debemos estar agradecidas y agradecidos disminuye. Ya no se trata del ascenso, o de las próximas vacaciones en destinos lejanos. Poder ver un paisaje nevado desde casa, probar un nuevo sabor o una charla de diez minutos con tus seres queridos, son ahora el summum de nuestra existencia. 

Nos hemos preguntado varias veces si nuestras vidas van a volver a ser igual que antes una vez superemos la crisis. Una vez probadas las ventajas de un ritmo más amable es posible que nos cueste volver atrás. Imagino que lo veremos. A lo que sí hemos encontrado ya una respuesta es a que vivir día a día es aprender a relativizar. Distanciarnos para ver, hasta dónde lleguemos. el marco de una vida que sigue existiendo fuera y que es compleja y que requiere de nuestra voluntad de cuidarnos para impulsar un cambio necesario.